La Bienal viste de flamenco al Teatro de la Maestranza

Hay un instante previo a la Bienal que casi nunca se ve, pero que lo sostiene todo: ese tiempo en el que el Teatro de la Maestranza aún no es escenario, sino promesa. Las butacas vacías, la luz aún sin decidirse, el silencio que no es ausencia sino preparación. Ahí, en ese umbral, es donde la Bienal se empieza a revelar.

El teatro antes del comienzo

La XXIV Bienal de Flamenco llega al Teatro de la Maestranza con una programación que no solo ocupa el espacio, sino que lo transforma desde su interior. Tres estrenos absolutos —los de Sara Baras, Israel Galván y Farruquito — y una constelación de noches únicas convierten este teatro en un lugar donde lo irrepetible no es una excepción, sino una forma de estar en el mundo.

El regreso de Sara Baras, catorce años después de su última participación en el festival, abre la edición con Infinita, una obra concebida expresamente para esta cita. Su vuelta no se percibe únicamente como un gran estreno, sino como algo que venía gestándose en ese territorio invisible donde los proyectos maduran sin escenario. La propia bailaora lo sugiere al definir su creación como algo que “nace de una tierra que nos da y nos enseña, de un palpitar que no se detiene”. Ese “palpitar” no es solo una imagen poética: es el pulso de todo lo que ocurre antes de que el público lo vea.

En paralelo, Israel Galván presentará Bolero de blanco y negro, una pieza que descompone el género para llevarlo a su esencia más austera. Su intención de “quitarle al bolero el color, la pastelería, el merengue” habla también de otra dimensión de la creación: la que no se exhibe, la del ensayo, la depuración, la duda. Lo que el espectador ve como un resultado cerrado es, en realidad, la punta visible de un proceso mucho más largo y silencioso.

Farruquito, en Serás Farruquito, abrirá una biografía emocional donde el cuerpo se convierte en archivo y donde el propio espectáculo será un reflejo de lo que no se ve y permanece oculto. La obra avanza como un relato vital que no se cuenta desde la distancia, sino desde la experiencia vivida, desde la memoria que sigue moviéndose.

Entre uno y otro estreno, el Maestranza se llena de esas llamadas “noches únicas” que definen el carácter de esta edición. Juan Manuel Cañizares abrirá ese ciclo junto a la ROSS con Cañizares Sinfónico, seguido por José Mercé, Manuel Liñán, Esperanza Fernández, Duquende, José Valencia, Pepe Torres, Nazaret Reyes, Farruquito, Marina Heredia o la clausura coral de Carmen Linares junto a varias generaciones de artistas. Cada propuesta nace con la conciencia de su propia irrepetibilidad, como si el flamenco, aquí, se midiera también por su capacidad de no repetirse.

El director de la Bienal, Luis Ybarra, describió el Teatro de la Maestranza durante la tertulia celebrada en ese mismo espacio como un coliseo que se llena cada dos años con cerca de 20.000 personas, pero en esa cifra hay algo más que ocupación de butacas: hay una forma de transmisión, de aprendizaje colectivo, de memoria compartida entre generaciones de espectadores. También eso forma parte de lo invisible.

El lugar donde todo empieza antes de empezar

Porque el teatro no solo se prepara desde dentro. También se prepara desde fuera: en los ensayos que nadie ve, en los acuerdos que no aparecen en los programas, en las decisiones que hacen posible que una obra exista solo una vez. La Bienal no empieza cuando suena la primera guitarra, sino mucho antes, cuando alguien decide que esa guitarra debe sonar exactamente así y en ese lugar.

Y sin embargo, cuando el 11 de septiembre se abra el telón con Infinita, todo lo invisible se volverá forma, luz y sonido. Pero para entonces, lo esencial ya habrá ocurrido. Porque en el Maestranza, como en toda la Bienal, lo más importante no siempre es lo que se ve: es lo que la prepara.

Voces que construyen una misma noche

El Maestranza, sin embargo, no se sostiene solo en sus estrenos absolutos. Se sostiene también en esas “noches únicas” que la Bienal ha convertido en una forma de escritura propia. Cada una de ellas es un encuentro que no pretende repetirse, pero sí dejar una huella.

Juan Manuel Cañizares abrirá este ciclo junto a la ROSS con Cañizares Sinfónico, un diálogo entre guitarra y orquesta que amplía el territorio del toque sin renunciar a su raíz. En su propuesta hay algo de conversación entre mundos que normalmente no se tocan, pero que aquí encuentran un mismo espacio de respiración.

Además, el guitarrista también quiso poner en valor cómo todo el trabajo previo, lo que no se ve, se ve recompensado gracias al público: «Un artista tiene que prepararse muchísimo para un espectáculo de dos horas. Hay mucha energía, mucha ilusión, muchas ganas, pero todo eso se lleva fenomenalmente bien porque siempre hay un publico dispuesto, maravilloso y receptivo que cuando está en la butaca está viviendo el espectáculo contigo».

José Mercé, con Toquen a rebato, llevará al escenario un cante atravesado por la urgencia emocional, como si cada seguirilla pudiera ser una llamada. Su presencia no es solo la de un repertorio, sino la de una manera de entender el cante como aviso, como estado de alerta.

Manuel Liñán, con Bailaor@, propone un gesto distinto: el de la afirmación. Su obra se construye como un reconocimiento de identidad, un lugar donde el baile no busca justificarse, sino existir con plenitud, incluso frente a lo que lo cuestiona.

Entre esas citas irrepetibles también destaca A Canela y Clavo, una propuesta dirigida por Pedro María Peña que reúne a Esperanza Fernández, Duquende, José Valencia, Pepe Torres y Nazaret Reyes para rendir homenaje a la huella profunda que el pueblo gitano ha dejado en el flamenco. Lejos de la nostalgia, el espectáculo entiende el legado como un lugar vivo, donde la tradición sigue dialogando con el presente. Su propio título —esa mezcla de lo dulce y lo punzante, de la canela y el clavo— resume un flamenco que encuentra su fuerza precisamente en la convivencia de sus contrastes.

«A Canela y Clavo se crea desde la responsabilidad profunda que tengo hacia mis antepasados, pero sobre todo desde la responsabilidad de enfrentarnos a un público de Sevilla y del mundo entero en un espacio como es el Teatro de la Maestranza donde tienes que conjugar lo que es la responsabilidad con el espectáculo, con la emoción, con que la gente sienta». Pedro María Peña

Y en el caso de Marina Heredia, junto a la ROSS en ¡En libertad! El camino de los gitanos, el escenario se convierte en un viaje colectivo. No es solo una interpretación musical, sino una evocación de un recorrido histórico y emocional donde la idea de libertad atraviesa cada nota como una dirección inevitable.

«El proceso creativo de mi espectáculo ha sido bonito, pero muy intenso. En mi espectáculo estoy contando una historia que aunque yo no la haya vivido, mis antepasados sí, por lo que empatizas mucho con lo que estás contando. Tanto, que tuve que hablar con un amigo actor para saber cómo podía interpretar a personajes y situaciones tan fuertes sin afectarme». Marina Heredia

Y si Sara Baras abre la Bienal con una obra nacida para el futuro, será Carmen Linares quien la despida mirando a una memoria que sigue respirando. El 3 de octubre, el Teatro de la Maestranza acogerá Perlas a millares (30º aniversario de la Antología de la Mujer en el Cante), el concierto con el que la cantaora celebra el 30 aniversario de Antología de la mujer en el cante, un disco que cambió para siempre el paisaje del flamenco contemporáneo y que hoy continúa siendo una referencia imprescindible.

Más que una conmemoración, la propuesta es un diálogo entre generaciones de mujeres flamencas. Marina Heredia, María Terremoto, Rocío Luna y la bailaora Rafaela Carrasco acompañarán a Carmen Linares en un recorrido por algunas de las piezas esenciales de aquel álbum —cantiñas de Cádiz, tangos de Granada o soleares de Triana—, devolviéndolas al escenario desde el presente.

“Este concierto es mi gran homenaje al disco que cambió mi carrera artística y mi vida como cantaora para siempre”, explica Carmen Linares. Y quizá esa sea también una forma de entender la clausura de la Bienal: no como un punto final, sino como un gesto de gratitud hacia las mujeres que han escrito la historia del flamenco y hacia las que continúan ampliándola.

Cuando todo empieza a sonar

Una vez levantado el telón, todo lo anterior se convertirá en presente. Pero incluso entonces, algo seguirá perteneciendo a ese otro lado: el de lo que no se ve, el de lo que prepara el acontecimiento sin ocuparlo.

Porque en el Maestranza, como en toda la Bienal, el flamenco no empieza cuando se enciende la luz. Ya todo está en camino: la Bienal ya está sucediendo.

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