13 y 14 de septiembre - 21.00 h
Real Fábrica de Artillería
Sinopsis:
En esta obra, Ana Morales concibe la rapsodia como una forma musical libre desde la que indagar en lo misterioso del proceso creativo. A través de ella, asistimos a la escenificación de una fantasía que tiene como objeto y metáfora una clase de reflexión que parte de una pulsión visceral. Es, por tanto, un viaje de descenso que nos lleva a un tiempo imaginario y lugar imaginario, inspirado en la, en parte histórica y en parte mítica, Sevilla subterránea. Un descenso órfico, si se quiere, que es caída sin tropiezo, búsqueda que atiende a una llamada. Tras la caída, emprendemos un camino en busca de orientación, pero se trata de un viaje sin mapas ni planes preconcebidos que permitan hallar de forma sencilla una salida. En ese descender hacia el origen, la víscera y la tierra, el gesto aéreo cobra sentido, lo telúrico y lo jondo se nos muestran como algo elevado y se descubre que, como escribiera el poeta, «allá donde está el peligro se encuentra también la salvación».
El repertorio musical, dirigido por Niño de Elche, toma la idea de rapsodia para desplegar un lenguaje que va desde el flamenco, de la mano de la música del maestro Manolo Franco, hasta las músicas llamadas «experimentales» y de vanguardia -interpretadas por José Venditti-. Esto nos lleva a trazar a un recorrido en el que resuenan nombres tan dispares como el de Cristóbal de Morales, Walter Marchetti o Pau Casals, en su interpretación de su pieza, a la vez popular y clásica, El cant dels ocells. A partir de ahí, Ana Morales ha desarrollado un repertorio coreográfico propio basado en la interrelación del flamenco con otros lenguajes de creación contemporánea.
Asistimos frecuentemente a una forma cotidiana -pero no por ello menos misteriosa- de milagro: las ideas se convierten en palabras y, cuando estas tocan el cuerpo, se da la danza. Sin embargo, este camino tiene la forma de un laberinto en el que solo hay una salida. Para recorrerlo se ha de partir de intuiciones sencillas: una limitación puede implicar libertad. Hasta alcanzar la salida hay que andar y desandar, subirse a las ramas o dormirse en las nubes para luego descender y buscar la raíz en lo profundo. Ahí aparece lo jondo, lo telúrico, una llamada a la tierra y a la víscera que es, más que un alejarse de lo vivo, invocar su origen mismo: ahondar allí donde lo vivo se origina para reafirmarlo. Tras ello, cristalizar el recorrido de este ejercicio. Para no sujetarse a lecturas cerradas, servirse de una forma lo más libre posible. Es ahí donde aparece la rapsodia tanto en su sentido clásico, el de narración a través de un canto, como en el más contemporáneo, una configuración musical abierta y libre. Y, en este ejercicio libre, dar cuenta de que, en lo que se canta, hay siempre algo indecible, algo se oscurece. Pero en todo lo que oscurece hay también algo que ilumina.