La mirada de Morenatti revela lo invisible del flamenco

Hay fotografías que muestran. Y hay fotografías que revelan.

La imagen con la que Emilio Morenatti ilustra la XXIV Bienal de Flamenco pertenece a esta segunda categoría. Acostumbrado a documentar guerras, catástrofes y algunas de las historias humanas más complejas de nuestro tiempo, el fotoperiodista jerezano decidió dirigir su mirada hacia otro territorio igualmente difícil de capturar: aquello que ocurre en el flamenco antes de convertirse en espectáculo.

No hay escenario. No hay público. No hay artificio. Solo un rostro emergiendo de la oscuridad.

El cartel de la XXIV Bienal, protagonizado por Aurora Vargas, convierte la emoción en imagen y descubre aquello que rara vez se ve del arte jondo

Aurora Vargas ocupa el centro de la fotografía y parece suspendida en un instante imposible de medir. Con los ojos cerrados y el gesto elevado hacia la luz, la cantaora encarna algo que trasciende la propia representación para adentrarse en el terreno de lo íntimo, de lo emocional, de aquello que se siente antes de poder nombrarse.

Porque el cartel de la Bienal no muestra únicamente a una artista. Muestra una verdad.

Y precisamente en esa búsqueda de la verdad reside el vínculo más profundo entre el trabajo de Morenatti y el flamenco. Durante décadas, el fotógrafo ha construido una trayectoria basada en revelar lo que permanece oculto tras los acontecimientos: la fragilidad, la resistencia, el dolor o la esperanza de quienes los viven. En esta ocasión, esa misma mirada se ha posado sobre el arte jondo para descubrir una dimensión que rara vez ocupa el primer plano: la humanidad que habita detrás del cante.

«Para mí, este cartel es un diálogo entre el respeto que le tengo a este arte y mi propia forma de entender la fotografía como un vehículo de verdad. Es un honor que mi objetivo sirva de puerta de entrada a la Bienal y al Flamenco». Emilio Morenatti

La luz, elemento fundamental en la obra de Morenatti, funciona aquí como una metáfora. De la negrura emerge el rostro de Aurora Vargas, mientras los detalles de su vestimenta aparecen apenas insinuados. Lo visible y lo invisible conviven en una imagen que parece construida precisamente sobre esa frontera donde nace la emoción.

El resultado trasciende la función habitual de un cartel. Más que anunciar una programación, la obra propone una forma de mirar. Una invitación a detenerse en aquello que no siempre ocupa el centro de la escena, pero que constituye la esencia misma del flamenco.

«La fotografía no retrata el flamenco; retrata aquello que el flamenco provoca».

Con esta obra, Emilio Morenatti incorpora por primera vez el lenguaje del gran fotoperiodismo a la historia visual de la Bienal. Y lo hace desde una perspectiva coherente con toda su trayectoria: utilizar la fotografía como herramienta para revelar lo que permanece oculto.

Quizá por eso el cartel de 2026 resulta tan poderoso. Porque no pretende explicar el flamenco. Se limita a iluminarlo.

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